En un mundo que avanza hacia la inclusión, todavía hay espacios donde ser uno mismo puede costar más de lo que parece. El consumo sin discriminación no es una consigna idealista, sino una exigencia básica para garantizar que todas las personas, sin importar su identidad de género, accedan a bienes y servicios con dignidad.
Para muchas personas trans y no binarias, ser llamadas por un nombre o pronombre incorrecto es más que un error: es una forma de violencia cotidiana que vulnera su derecho a la identidad. Esto ocurre en tiendas, bancos, hospitales, restaurantes y cualquier otro espacio donde se espera atención… y reciben rechazo.
Lo que somos, no lo que parece
La identidad de género no siempre coincide con el sexo asignado al nacer. Es la forma en que cada persona se reconoce a sí misma: a través de sus emociones, su expresión, sus decisiones y su forma de vivir. Este reconocimiento es parte del libre desarrollo de la personalidad, un derecho humano fundamental.
Sin embargo, aún persisten prácticas que niegan o condicionan el acceso al consumo según estereotipos de género. Desde probadores exclusivos para “damas” o “caballeros”, hasta empleados que exigen documentos para validar el género de una persona, hay situaciones que siguen excluyendo a quienes no encajan en etiquetas binarias.
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Servicios que excluyen
Negar un servicio, ridiculizar a alguien, impedirle usar un baño o cuestionar su identidad con comentarios agresivos son formas de discriminación que se siguen normalizando. ¿El resultado? Personas que dejan de ir al médico, que no acceden a un trabajo, que prefieren evitar lugares públicos por temor a ser humilladas.
Datos recientes revelan que 3 de cada 10 personas adultas no estarían dispuestas a rentar un espacio a una persona trans. Y mientras en muchos comercios aún clasifican productos por género, los baños neutros siguen siendo la excepción.
Estas barreras no solo violentan derechos, también reproducen desigualdades. Por eso, garantizar el consumo sin discriminación es una tarea urgente.
¿Cómo romper el ciclo?
Construir espacios incluyentes no requiere grandes reformas. A veces basta con mirar, escuchar y respetar. ¿Qué podemos hacer?
- Preguntar el nombre y pronombre de la persona.
- Usar esos datos con respeto y coherencia.
- No asumir el género por cómo luce alguien.
- Tratar a todos con la misma cortesía, sin distinciones.
El trato digno debe ser la regla, no una excepción de cortesía.
Que nadie quede fuera
El consumo sin discriminación es mucho más que una buena práctica: es una responsabilidad social. No se trata solo de abrir puertas, sino de asegurarse de que nadie tenga que justificarse para cruzarlas.
Porque la identidad de género no debería ser un obstáculo para acceder a servicios. Ni hoy, ni nunca.



