La mañana arrancó con olor a flores frescas, pan recién horneado y tierra húmeda. A las 10:00 en punto, la parroquia de San Juan Bautista abrió sus puertas para la misa principal, pero desde mucho antes el atrio ya vibraba con la energía de los asistentes. Canastas con frutas, ramos de flores, semillas y otras ofrendas se acumulaban frente al altar, mientras en la explanada exterior se sentía el pulso festivo de un pueblo que honra sus raíces. Así comenzó el Paseo de San Isidro Metepec, una de las celebraciones más esperadas del año.










Entre flores, caballos y pan
Afuera, el sonido de los cohetes competía con la música de fondo. Los caballos, impecablemente enjaezados, aguardaban su turno bajo el sol. A las 11:30, el desfile tomó las calles con fuerza: yuntas de bueyes, tractores adornados con listones y flores, camionetas transformadas en altares rodantes y comunidades enteras que hicieron del recorrido una auténtica procesión festiva.
Algunos llevaban grupos de música en vivo; otros, altavoces con canciones rancheras o cumbia. Dulces volaban desde los vehículos, niños atrapaban panes al vuelo y no faltó quien repartiera fruta entre los curiosos.










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Tradición que une a comunidades enteras
Las calles del centro se convirtieron en un río humano. Familias enteras se alineaban en las banquetas, con sombrillas en mano y teléfonos listos para capturar el momento. Niños corrían tras los carros; adultos se asomaban para ver pasar a los suyos.
Cada comunidad imprimió su sello: unas con decoraciones elaboradas que parecían salidas de una película; otras, con gestos sencillos, pero cargados de simbolismo. Todos coincidían en algo: la devoción y el orgullo por participar en el Paseo de San Isidro Metepec.
Cerca de las 2:30 de la tarde, el flujo de participantes aún no cesaba. Aunque algunos grupos ya emprendían el regreso, la caravana seguía viva, con nuevas yuntas, nuevos jinetes y nuevos espectadores que se sumaban al paso.











La cifra fue impresionante: más de 800 vehículos, cientos de caballos y, según estimaciones del Ayuntamiento de Metepec, más de 50 mil asistentes. Pero más allá de los números, lo que se respiraba era comunidad: un encuentro entre generaciones, costumbres y promesas de continuidad.
Concluye así otra edición del Paseo de San Isidro Metepec, una celebración que no solo conserva las tradiciones, sino que las revive con fuerza, belleza y un profundo sentido de pertenencia.










