Tu pueblo bicicletero

Por Andrea Lara

Debo confesar que no sabía cómo empezar a hablar de unas de las cosas que más me gusta hacer en la vida: andar en bicicleta. Cuando era pequeña vivía en una comunidad de Toluca que más bien es un pueblito cercano y sí, sonará bien romántico pero los tiempos antes, eran diferentes. ¿Qué digo? Me refiero a que antes mis primos, mi hermano y yo solíamos andar en bicicleta a las miles horas de las mañanas, de las noches y las tardes. Lo más peligroso eran los perritos de la colonia que nos perseguían porque poníamos nuestros envases de jugos en la llanta trasera para que se escuchara como si viniéramos en motocicleta a toda velocidad. Ahí empezó todo. 

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Llevo 9 años utilizando la bicicleta como medio de transporte. Desde entonces, todos los días han sido una experiencia: en Toluca ser cochista tiene más visibilidad que ser cletero o, peor aún, que ser peatón. Andar en bicicleta en esta ciudad es un eterno resplandor de una mente que tiene que ir pendiente para que no le peguen, no le griten o le insulten y, en el peor de los casos, para que no le atropellen.

Aquí luchamos constantemente contra las intermitentes, las puertas y los retrovisores, los semáforos y las paradas de autobús. Hacemos un infinito esfuerzo de voluntad para aprender a tolerar, a ser pacientes y a defendernos, para hacernos notar. Luchamos para seguir ganando terrenos. 

A veces la alegría me invade cuando veo el tránsito atoradísimo y solo paso del lado pensando en lo cool que sería ver menos automóviles y más bicicletas. Muchos y muchas como yo utilizamos este medio para dirigirnos a nuestros trabajos, otros tantos para dar el rol y otros varios para irse de paseo por ciudades y montañas. 

En la calle observo una pasarela de bicis. Las hay de todos los colores, formas, tamaños; las hay al servicio de la comunidad usadas por los repartidores de comida rápida; las hay trasladando alimentos para todos y todas: tamales y atole, el panadero con el pan, fruta y hasta papitas. 

El sueño utópico de compañeros y compañeras, amigos y amigas fieles a la bicicleta es que algún día podamos tener una infraestructura viable para que, cuando rodemos, nuestra única preocupación consista en llegar sin enojos y con bien a casa. No queremos que el bache a la mitad de la calle nos ponche una llanta o caernos en las coladeras de las esquinas… Sin más rodeos, anhelo poder llevar la fiesta en paz y respetar la jerarquía de movilidad: primero el peatón, luego las bicis, después el transporte público, luego el de carga y, al final, motos y automóviles. Pienso que si comprendiéramos esta pirámide en el orden correcto, se evitarían muchos accidentes y problemas de forma generalizada. 

Considero a la bicicleta el medio que me provoca cierto tipo de libertad cuando ando por las calles de la ciudad. Desde ella veo, a lo lejos, las sonrisas de la gente que pasa de lado, los disfrutes de las tardes en el sol, las caminatas de prisa cuando llueve; sin lugar a dudas, también pienso en los peligros y, de voz propia, en el miedo latente de ser mujer y andar en bicicleta. Nadie dijo que ser mujer y cletera sería sencillo, pero con el tiempo aprendes a defenderte y a lidiar con los hijos de su maíz que te tiran la onda en la calle, que te insinúan cosas, que te acechan. Debo confesar que la rabia que me provocan esos malos ratos, los olvido cuando pedaleo sola con mi cleta. 

Burra, cleta, bicla, bici, rila, baika, Ramona, Eugenia, la nave o como sea que le llamen a sus bicis, forman una comunidad que de a poco va creciendo y da emoción.

Todos los trayectos logrados son parte de una historia en el asfalto, en el campo o las montañas, en Toluca o Chinconcuac y conforme pasa el tiempo, dan ganas de lograr más caminos, más recorridos, dan ganas de decirle a todos y todas que andar en bicicleta es un reto y pero también puro gozo. Por ahora queremos seguir formando amantes de la bicicleta para que Toluca siga siendo el pueblo bicicletero del infierno choricero.