Chamacxs traumados

Un poco de humor con Felipe Cambrón

No sabía qué era el bacalao, solo tenía claro que la cuchara gigante que apuntaba hacia mí lo contenía en forma líquida. El olor desagradable me hizo repeler aquella emulsión inmediatamente, pero los adultos que me rodeaban tuvieron la grandiosa idea de inmovilizarme por completo y con tácticas cuasi militares hicieron que tragara hasta la última gota de aquella mezcla que, prometían, me haría crecer fuerte y sano. 

Recordar la escena me produce náuseas, enojo y frustración. 

Mi terapeuta dijo que esto era un claro ejemplo de trauma infantil. 

Hoy en día solo tomo bacalao si hablamos de ron. 

Pongamos atención a estas perspicacias

La escena típica de desayuno familiar fue corrompida por la llamada de una tía, anunciando con bombo y platillo que sus hijos, mis contemporáneos de infancia, habían presentado síntomas propios de la varicela.

Como quien se pone de acuerdo para conquistar al mundo, a través de la línea telefónica las mamás acordaron reunir a todos los infantes en un mismo espacio para que la enfermedad tuviera más entes biológicos en los que actuar, argumentando algo que sigue sin tener sentido en mi cabeza: “mejor que les dé ahorita, porque ya de adulto da más fuerte”. 

Nadie me preguntó si quería a mis primos tosiendo a veinte centímetros de mi cara, y menos si quería estar encerrado un par de semanas con ampollas por todo el cuerpo, peso paso y contagio ocurrió. 

Renuncié al sueño de ser doctor, tengo ataques de pánico cuando hay personas enfermas cerca de mí. 

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El fin del mundo sabe a chilaquiles

El telenoticiero sonorizaba la hora de la comida. Hablan de alguna noticia importante: las imágenes en la pantalla eran de autos aplastados por un cerro desprendido, había gente corriendo, gritando y llorando. 

Mi hermano mayor dijo —¡Qué bueno que hiciste chilaquiles, mamá! Nuestra última comida antes de que se acabe el mundo y nos muramos. —Lo miré de manera súbita—. ¿Nos vamos a morir? —pregunté—. Sí, ¿no sabías? Ya se está acabando el mundo, por eso la gente está triste y llorando. —Lo decía con mucha seguridad, busqué consuelo en el rostro de mi madre quien, sin importarle mi cara de estupefacción agregó—: por eso coman bien, para que se mueran sin hambre.

Exploté en llanto, ellos confesaron que se trataba de una broma, nada pudo calmarme. Sigo despertando en las madrugadas con un grito ahogado por soñar con el inminente fin del mundo, y de los chilaquiles mejor ni hablamos. 

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