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2 de octubre no se olvida: la herida que el Estado no ha podido explicar

Hoy se cumplen 52 años de aquella matanza indiscriminada a jóvenes estudiantes a manos del ejército. Hasta hoy las cifras oficiales no concuerdan con los asesinados, desaparecidos o heridos, y los informes del Estado son, igual que con Ayotzi, un “verdad histórica” que oculta la realidad de lo ocurrido.

 

 

Tras años de ardua investigación, aún sin acceso a documentos oficiales, se ha llegado a estimar que las víctimas del genocidio podrían llegar a varias centenas y el Estado es directamente responsable de estos actos barbáricos. Por Estado debemos señalar al entonces presidente, Gustavo Díaz Ordaz, y al entonces secretario de Gobernación, Luis Echeverría.

 

 

Pero, ¿por qué sucedió esta masacre? Todo tuvo que ver con la conformación del Consejo Nacional de Huelga (CNH), un movimiento estudiantil que crecía unido a un proceso de organización también de otros sectores y clases sociales, pues fue considerado un peligro para el Estado.

 

 

El 2 de octubre y sus antecedentes

 

 

El 23 de julio de 1968 un incidente de fútbol americano entre la vocacional 2 del IPN y la preparatoria Isaac Ochoterena, incorporada a la UNAM, terminó en una riña. Entonces, el grupo antimotines de la policía capitalina, conocido como Cuerpo de Granaderos, intervino para calmar el altercado, pero lo hizo de manera brutal.

 

 

Golpeó a decenas de estudiantes y testigos de la pelea. Persiguió a los jóvenes hasta las escuelas donde buscaron refugio y también allí agredió a alumnos y profesores que impartían clase.

 

 

A partir de ese momento empezó un movimiento estudiantil que en pocas semanas creció rápidamente. La UNAM, el IPN y otras universidades del país se declararon en huelga.  Incluso el rector de la Universidad Nacional, Javier Barros Sierra, renunció en protesta por la invasión a la autonomía universitaria y la violencia policial.

 

 

Y aquí es donde todo se sale de control. Luego de los abusos, la ocupación de las universidades y su consecuente violación a la autonomía, la creación del Batallón Olimpia, las acusaciones de que el movimiento estaba manipulado por grupos de izquierda con injerencia comunista, un mitin convocado para el dos de octubre en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco culminó en el asesinato indiscriminado de cientos de jóvenes.

 

 

La tarde del 2 de octubre el ejército vigilaba la manifestación en Tlatelolco y algunos miembros del Batallón Olimpia (un grupo paramilitar de contrainsurgencia creado por el gobierno de México con el fin de vigilar, espiar, perseguir a los estudiantes), cuyos integrantes iban  vestidos  de  civiles con un pañuelo o guante blanco en  la  mano izquierda,  se infiltraban en  la  manifestación.

 

 

Cerca de las seis de la tarde del 2 de octubre comenzó la masacre. Las bengalas cayeron de cielo y dieron la señal para reprimir a los estudiantes. Los francotiradores del Batallón Olimpia abrieron fuego hacia la multitud que se manifestaba.

 

 

Los que buscaron escapar y se refugiaron en departamentos también fueron perseguidos y la caza de brujas no cesó hasta muy noche. Los cuerpos de los jóvenes asesinados fueron recogidos al ía siguiente por militares y bomberos.  ¿Dónde quedaron? Nadie sabe.

 

 

Las Olimpiadas: sepultar la verdad

 

 

Diez días después de la masacre, el 12 de octubre, y como si no hubiese sucedido ningún altercado, en México se llevaron a cabo las Olimpiadas que culminaron el 27 del mismo mes. El asunto se ocultó con más represión, se dieron casos de desapariciones forzadas, torturas y asesinatos. Desde el gobierno se glorificó la acción y un silencio, sobre amenaza de muerte, se cubrió el caso.

 

 

Los culpables

 

 

Díaz Ordaz murió sin ver el castigo por el genocidio que perpetuó en el 68. En 2006 a Echeverría, de 85 años, se le se enjuició por el mismo cargo. La sentencia lo señaló a como el concebidor y planeador, de manera intencional, de “diluir en su totalidad” al CNH. Se ordenó su aprehensión, y pese a que el delito ameritaba 30 años de cárcel, Echeverría permaneció en arresto domiciliario.

 

 

En 2007 un juez afirmó que el genocidio fue planeado y minuciosamente ejecutado por el gobierno.

 

 

La mano derecha del genocidio fue Marcelino García Barragán, el titular de la Vigésima Segunda Zona Militar ubicada en Toluca, Estado de México. García Barragán estaba a cargo de la Secretaría de la Defensa Nacional durante el periodo de Díaz Ordaz y, de acuerdo con algunas versiones, este hombre habría permitido que fuerzas norteamericanas adiestraran a integrantes del ejército mexicano en técnicas de contrainsurgencia. 

 

 

Uno de los personajes más importantes del movimiento y los actos represivos posteriores fue Miguel Nassar Haro –torturador de disidentes mexicanos en los 70 y 80–.

 

 

El Batallón Olimpia y su papel en la tragedia

 

 

Según información contenida en Tlatelolco, las claves de la masacre, este grupo paramilitar fue creado específicamente para neutralizar el movimiento y estuvo bajo las órdenes de Carlos Humberto Bermudez, del Estado Mayor Presidencial. Como si fuera premio por la barbarie, muchos de sus integrantes se ocultaron sobre grandes cargos políticos.

 

 

Toluca y el 2 de octubre

 

 

En el libro editado por el Centro Toluqueño de Escritores, 1968. Prohibido prohibir, de Abelardo Hernández Millán, se menciona que en Toluca también se impulsó la participación, aun antes de la represión del 2 de octubre.

 

 

En una breve cronología Abelardo Hernández escribe que el 30 de julio entró en huelga la Escuela Técnica “Tierra y Libertad” de en Toluca; en ese mes se conformó también el Comité de Lucha por Libertades Democráticas, con los grupos culturales Ágora y Nigromante, el Grupo de Teatro Universitario y representantes de indígenas mazahuas.

 

Se realizaron mesas redondas y festivales de protesta frente a la Rectoría, participaron en alguno de ellos Leopoldo Flores y Luis Antonio García Reyes. Se asistió también a la manifestación del zócalo en el entonces Distrito Federal, en el desalojo violento estuvieron presentes, algunos de los mazahua estuvieron extraviados varios días.

 

 

En el libro, Abelardo Hernández señala que luego de la masacre, en Toluca, se liberó orden de aprehensión contra tres de los dirigentes del movimiento estudiantil de Toluca y que luego, el movimiento, como en el resto del país, comenzó a desdibujarse.

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